La dura realidad de los matrimonios forzados en la sociedad saharaui.


Madrid, 15 de diciembre 2018. -(El Confidencial Saharaui).

Opinión de Ahjab Lehbib. Miembro de Amnat Thawra/ECS.

Niña saharaui durante frstejos/agencias 


Érase una vez, una mujer valiente;

Allá por la década de los cuarenta, nació en el seno de una acaudalada familia nómada una hermosa niña. Era la quinta de ocho hermanos.

Su rostro era casi perfecto, poseía las facciones más hermosas que he visto. Sus ojos eran negros y rasgados y con abundantes pestañas, tenía una nariz perfectamente dibujada, y su sonrisa dibujaba unos prominentes labios carnosos y unos dientes tan blancos como el marfil y perfectamente alineados. Poseía unos pómulos tan marcados que no se podrían conseguir ni en la mejor de las sesiones de “counturing”.

Su personalidad era arrolladora en el mejor sentido de la palabra, su carácter era indomable, pero en su entorno era recibido con gracia y cierto agrado, ellos reían cada vez que la consentida de la jaima decía lo primero que se le pasaba por la cabeza, ellos decían que ella era tan clara como el agua, y cariñosamente la definían como “zarga”.

Esa niña bonita creció protegida y amada por sus hermanas mayores, mientras, jugaba con sus hermanos menores.


A medida que a sus hermanas mayores les venía su primer periodo estas se casaban, pero para la pequeña esto no suponía ningún problema, sino todo lo contrario, pues pasaba de ser consentida por sus hermanas a serlo también por parte de los esposos de éstas.

Ella ignoraba su destino, ella desconocía que a su alrededor existía un mundo cruel lleno de tristeza y dolor. Ella no sabía que sus hermanas fueron obligadas a contraer matrimonio, y por supuesto ella omitía que ese sería también su destino.

Un día, cuando la niña contaba con once años de edad aparecieron unas manchas en sus ropas. Ella enseguida corrió hacia una de sus hermanas mayores y le susurró lo que le sucedía, según su versión ella hizo sus necesidades sin querer y le pedía a su hermana que le otorgara ropas limpias. La hermana enseguida la ayudó a asearse y le proporcionó dichas ropas.

Transcurrieron los días y ella seguía manchando y su paciente hermana una y otra vez le otorgaba ropas limpias, y así sucesivamente.


A las pocas semanas vinieron de otra parte del desierto unos primos de la familia. Esos días fueron de gran alegría, pues se sacrificaban corderos, las mujeres cantaban, bailaban y reían, y sus rostros eran la imagen de la felicidad más absoluta. Y por supuesto la niña consentida de la jaima no iba a ser ajena a toda esta felicidad y ella también jugaba, reía y danzaba al son de los timbales improvisados y “azgarit”.

Ella apreciaba como los hombres se reunían y hablaban en secreto mientras las mujeres la miraban y cuchicheaban. Para ella nada era extraño, así pues, ella siempre ha sido el centro de atención.

Y como nada es eterno en esta “dunia” llegó el momento de las despedidas y posteriormente volvió la rutina y los días largos y aburridos. Ella solo preguntaba por cuándo volverían los primos.

Unas semanas después la niña bonita recibió la que creía que era la mejor de las noticias, y es que los primos volverían y mejor aún, ellos traerán muchos regalos para ella.

Ella contaba los días, las horas y los minutos aguardando la llegada de sus queridos familiares.


Y por fin llegó el gran día, las muchachas se levantaron temprano y comenzaron a limpiar, los hombres salieron para seleccionar a las mejores cabezas de ganado para sacrificar en honor a los parientes que venían de tan lejos. Todo era alegría y felicidad hasta que la hermana mayor le dice a la consentida de la jaima que debe acompañarla a su jaima, la niña rehusaba a marcharse justo en el día que llegarían los esperados invitados. Ella lloraba pero nada pudo hacer y finalmente tuvo que marchar con su hermana.

Cuando llegaron a la jaima, su hermana comenzó a peinarle el cabello delicadamente y a continuación comenzó a maquillarla. Para la niña hermosa todo parecía un juego y ella no paraba de reir y cantar. En esos instantes experimentó una felicidad que no vivirá en mucho tiempo.

Al caer la noche su hermana sale del habitáculo y le dice que aguarde por un instante. Un poco más tarde se escucha una voz masculina que dice “salam alecum” y a continuación entra por la puerta su primo de veinte años de edad. La niña comienza a taparse y se quita el maquillaje como puede ruborizada por el hecho de que su respetado primo la viera así. Él comienza a acercarse sigilosamente y va destapando su hermoso rostro, y a continuación su diminuto cuerpo mientras le dice que no debe sentir vergüenza con él.

Ella forcejea, grita y pide auxilio en vano. Ella es tan ajena a la realidad que no es consciente de que esa noche, es su boda y que aquel chico era su esposo.

Finalmente termina agotada y simplemente guarda silencio mientras pide a Dios que ese infierno termine cuanto antes.

Una sola noche acabó con la inocencia de la más tierna infancia, una sola noche acabó con la dulzura de una niña angelical, una sola noche hizo mujer a una niña de tan solo once años.

Los meses pasan, en el árido desierto todo parece seguir su curso y las vidas continúan. Y por supuesto el infierno de una tierna niña continúa y ella solo enmudece y pide auxilio a Dios en sus adentros.

Con tan solo doce primaveras dio a luz a su primer hijo y dos años después a una bella niña.

Esas criaturas hacen que ella, la protagonista de nuestra historia, olvide su realidad y por momentos sea la mujer más feliz del Mundo.

Los días pasan y todo parece seguir igual.

Un día la rutina se rompe cuando una vecina le comenta a nuestra mujer valiente que su esposo está buscando a una nueva esposa. Ella enmudeció mientras en sus adentros solo pensaba que ya había perdido el orgullo en el ámbito privado y que al menos le quedaba el orgullo público y que por nada del mundo pensaría perderlo. Ella bajo ningún concepto iba a permitir que su esposo tuviera a dos esposas e hizo lo que consideró más oportuno en ese momento.

Ella pensó que si se enfadaba y regresaba con su familia su esposo iría tras ella y le pediría perdón.

En esos días su hijo mayor estaba con un tío paterno en El Aiun. Llena de dolor montó junto con su hija en un camello y regresó al hogar familiar.

El esposo no corrió tras ella y simplemente él también hizo lo que consideró más oportuno. Él secuestró al hijo de ambos y juró por Allah que ella no volvería a ver a su hijo si no regresaba al hogar.

Ella por supuesto no pensaba dar un paso atrás y bien asesorada lo denunció ante las autoridades colonialistas.

La policía lo detuvo y le dijeron que no lo soltarían hasta que no apareciera la criatura.

Ella recibió muchas presiones por parte de su propia familia y su tribu, pero ella estoica aguantó durante seis meses hasta que psicológicamente no pudo más y fue a las autoridades con un niño de la misma edad fingiendo que era su desaparecido hijo.

El esposo fue liberado y el hijo fue criado por él junto a su nueva esposa en una lejana parte del desierto.

La madre acabó sumida en la tristeza y la rabia. Y luego en 1975 vino el conflicto que terminó por separar definitivamente a madre y a hijo. Ella acabó en los campamentos saharauis de Tindouf y él en Al Aiun ocupado.

Y este fue el destino de una mujer valiente, esta es la humilde historia de una mujer analfabeta que en la década de los años sesenta desafió a toda una tribu y a una sociedad patriarcal.

Hermanas saharauis esta es una de las miles de historias de superación de nuestras madres y abuelas. Ellas son nuestro ejemplo y por ellas no debemos dar un paso atrás.

Finalmente quiero dar las gracias a mi querida “jedda” por ser mi referente de mujer empoderada.