Exiliada desde niña, la abuela saharaui todavía anhela su hogar en el Sáhara ocupado.








Después de haber dejado el Sáhara Occidental hace 40 años, Mbareka y su pequeña familia enfrentan una lucha cotidiana para sobrevivir en un campamento en el desierto argelino.

17de septiembre de 2018 


Madrid, 17 septiembre 18, (El Confidencial Saharaui). ACNUR. 


Abuela saharaui deseando volver algún dia al Sáhara  Occidental 

En 1975, Mbareka, al huir de la violencia de la Guerra del Sahara Occidental con su familia cuando era una niña, nunca habría podido imaginar que en exilio se habría convertido en abuela.

Ahora, a sus cincuenta y tantos años, vive en el campamento de refugiados de Smara, uno de los cinco campamentos que acogen refugiados del Sahara Occidental en el lejano desierto del suroeste de Argelia. La pequeña familia comprende a su esposo Ali Mohammed, ahora mayor y débil, su hija Ghaitna y su marido, y su hijo Abdullahi, de dos años.

La familia está dividida entre una casa de adobe y una tienda tradicional que fue proporcionada hace ocho años por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. La vida útil de las tiendas de campaña es de cuatro años, pero mientras ACNUR solía proporcionar a los residentes del campamento aproximadamente 3.000 tiendas nuevas al año, este año está distribuyendo solo 1.000 debido a recortes de fondos.

“Hacemos todo aquí”, dijo Mbareka, sentada con las piernas cruzadas sobre la moqueta roja de la tienda larga y sombría. “Dormir, comer, tomar té, recibir invitados. Forman parte de nuestra cultura, aquí si ofrecieras a una persona mayor una villa o una tienda de campaña, elegiríamos la tienda”.

Las tiendas se adaptan al duro ambiente desértico que los refugiados deben enfrentar, son más adecuadas que las chozas de adobe para hacer frente a los fuertes vientos y las lluvias violentas del invierno y al calor feroz del verano.

Pero la vida en el campamento es dura. Mbareka emplea tiempo todos los días para reparar la vieja tienda, y sus manos callosas son la prueba. Tradicionalmente no es un trabajo para las generaciones mayores, pero en los campamentos las jóvenes no están tan familiarizadas con esta competencia esencial. “Pero algunas partes están demasiado desgastadas incluso para usar una aguja”, explica la matriarca.





“Cada día es un desafío, y enfrentaremos este desafío hasta que regresemos”.

La vivienda no es el único desafío al que se enfrentan las familias aquí. Para el almacenamiento de agua, la familia de Mbareka está utilizando un tanque en el que crecen algas, lo que afecta significativamente la calidad misma del agua. Ella preferiría tener un tanque de cemento, pero son caros para la compra privada, y ACNUR, debido a recortes de fondos, solo puede proporcionar un número reducido cada año.

La asistencia alimentaria que reciben no es suficiente para todo el mes, por lo que la familia hace todo lo que puede para cubrir la brecha. No tienen ganado y no pueden permitirse comprar carne más de una vez cada mes o dos. Sin una nevera, lo poco que tienen se estropea enseguida. “Cada día es un desafío, y enfrentaremos este desafío hasta que regresemos”, dijo Mbareka.

A pesar de su situación, Mbareka, como la mayoría de los saharauis, es resiliente. Ella encuentra el lado positivo, incluso en su prolongado exilio en un ambiente hostil; aprecia la calma del desierto y las buenas relaciones que tiene con sus vecinos. “Hay una atmósfera muy estable”.

Después de más de 40 años, los saharauis siguen esperando una solución política a su situación. La mayoría de los refugiados saharauis nacieron en los campamentos, sin nunca haber conocido su patria. Mbareka es una de los que se acuerdan de la vida antes del exilio. “Extraño el aire y la tierra”, dijo.

Ella recuerda el largo y duro viaje a pie mientras su familia se dirigía a Argelia para buscar lo que pensaban que sería solo un alojamiento provisional antes de su regreso. “En un momento dado ya no conseguía andar, así que mi madre me levantó y me puso encima de las cabras con las que viajábamos, y las cabras tuvieron que cargar conmigo”.

Describiendo sus esperanzas y miedos, Mbareka simplemente dijo: “Espero volver a casa antes de morirme, y temo que mi hija, mi yerno y Abdullahi se queden aquí y envejezcan. Mi miedo es el mismo que de todos los que están aquí, quedarnos aquí y ser olvidados”.