Hace 43 años España dejó al Sáhara Occidental a su suerte en el desierto.


Madrid, 07/08/2018 -ElConfidencialSaharaui.Com | crónica. Por Artehistoria.


General español en El Aaiún/archivos


La presencia española en África llegó a su fin con el abandono del Sahara en 1975. Se ponía final así a un siglo de colonialismo débil y sustitutorio tras la independencia de las colonias americanas.

Este territorio era, en principio, mucho menos problemático que las antiguas colonias de Ifni y Guinea y el protectorado de Marruecos.

Habitado por una decenas de miles de tribus nómadas, el Sahara Occidental era en su mayoría desértico y la presencia efectiva de España era todavía muy reciente. Todavía durante los años cincuenta la Administración había llevado a cabo exploraciones científicas como aquella en la que, por ejemplo, participó el etnógrafo Julio Caro Baroja. Hasta el descubrimiento de las reservas de fosfatos, los intereses económicos españoles se limitaban a unos cuantos asentamientos en la costa que permitieran la explotación de los recursos pesqueros.

El territorio saharaui había estado integrado administrativamente en la denominada África Occidental Española hasta su conversión en provincia al final de los años cincuenta. En un primer momento, Castiella pensó en el abandono del Sahara mediante un referéndum, al mismo tiempo que se procedía a la entrega de Ifni a Marruecos y a la independencia de Guinea.

La situación se complicó cuando a las reivindicaciones de un Gran Marruecos se sumaron las apetencias argelinas y mauritanas. Además, estallaron conflictos pesqueros con Marruecos debido a la ampliación unilateral por este último de sus aguas jurisdiccionales. Por un tiempo, Marruecos pareció virar a posiciones que defendían la autodeterminación del Sahara debido a las maniobras dilatorias de la Administración española.

En realidad, el territorio saharahui nunca había estado históricamente vinculado al reino de Marruecos, manteniendo los sultanes únicamente relaciones comerciales con las tribus nómadas.

En 1974 España concedió cierto grado de autonomía al Sahara, impulsando un partido político prohispano que contrapesara la creciente influencia del independentista Frente Polisario.

El contencioso hispano-marroquí se trasladó al Tribunal Internacional de La Haya. Los planes de descolonización de la administración española parecía que llegarían por una vez a buen puerto, pero la enfermedad de Franco precipitó la situación.

Al mismo tiempo que el Tribunal Internacional fallaba favorablemente a las tesis españolas en octubre de 1975, el monarca marroquí Hassan II decidió aprovechar la coyuntura para montar la operación conocida como "la marcha verde".

Varios cientos de miles de marroquíes se presentaron como una marea humana ante la frontera del Sahara. El Gobiernode Arias Navarro, ante la inminencia de la muerte de Franco, decidió eludir sus compromisos internacionales para la autodeterminación del Sahara, tratando de enfriar el conflicto con Marruecos, que parecía derivar hacia el estallido de una guerra.

La debilidad final del régimen de Franco permitió la rápida firma de un tratado en Madrid con Marruecos y Mauritania en noviembre de 1975. Al mismo tiempo que el Príncipe don Juan Carlos visitaba a las tropas españolas acantonadas en el desierto saharahui, el ministro del Movimiento José Solís había sido enviado a Marruecos para desactivar el conflicto.

Otra gestión importante fue la realizada, a iniciativa del jefe del Estado en funciones, por Colón de Carvajal con el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger. Por el Tratado de Madrid, España cedía la administración del Sahara a Marruecos y Mauritania con un vago compromiso para que las nuevas potencias administradoras del territorio procediesen más tarde a su descolonización. Al comienzo de 1976, según las tropas españolas abandonaban el Sahara, se iniciaba una guerra de resistencia del Frente Polisario, apoyado por Argelia, que impediría una dominación estable marroquí y provocaría la retirada mauritana en 1979.

La dictadura de Franco iba a terminar su vida resolviendo in extremis su amarre con Estados Unidos y, por tanto, su vinculación con Occidente, así como completando la descolonización de sus posesiones africanas. Pero el endurecimiento de la represión durante 1975 y el ajusticiamiento de cinco terroristas en el mes de septiembre, iban a desencadenar una última oleada de protestas de la opinión pública mundial.

El anacronismo político del franquismo se reflejaba en una casi absoluta soledad en el seno de la comunidad internacional. Además de la retirada de varios embajadores europeos se produjo un incidente con el presidente Echeverría de México.

La República Mexicana, sin relaciones diplomáticas con España desde la guerra civil, denunció al régimen franquista ante las Naciones Unidas, suspendiendo incluso las comunicaciones y el tráfico comercial entre ambos países.

La Comunidad Económica Europea paralizó las negociaciones para un progresivo desarme arancelario. Hubo protestas, manifestaciones y hasta asaltos a las legaciones diplomáticas españolas.

Perdido el apoyo de aliados tradicionales como Portugal y el Vaticano, al régimen de Franco sólo le quedaba la endeble amistad con algunos regímenes iberoamericanos y árabes.