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La experiencia de un niño saharaui de acogida jamás contada.




He llegado el día 28 de febrero a los campamentos de refugiados saharauis tras diez años en España. Esta es mi historia.




Mi agridulce viaje empezó en 2009, siendo un niño iba todos los veranos a España con una familia de acogida, y el último año que ya me tocaba volver, el médico me diagnosticó una enfermedad relacionada con el estómago y el aparato digestivo, esa fue mi razón por la cual me tuve que quedar en un entonces para mí, país extraño y con costumbres diferentes.

Mi primer año en España lo pase con mi familia de acogida en un pueblo de la provincia de Tarragona, que decir de ellos, no existen palabras para describir el agradecimiento que les tengo hoy en día por todo lo que esa familia hizo por mi, ya que fue quien me apoyó en la idea de quedarme para curarme de mi enfermedad y aprovechar para poder estudiar, puesto que yo me opuse a la idea en un principio, pues siendo un niño no piensas en el futuro, solo ves el presente y el presente era que estaba lejos de mi familia y mis queridos.

Pasé un año con mi familia de acogida, inmenso de felicidad, conocimiento y nuevas aventuras, al fin pude conocer aquel país que tan poco se parecía de donde venía yo, y la verdad es que me encantó, estudié sexto de primaria y en la escuela hice muchos amigos, la verdad es que estuve muy bien durante todo ese año. Luego terminó el verano y vino mi padre biológico que vivía en Sevilla a recogerme y a solicitar a la oficina general de asuntos saharauis en Catalunya que pudiera estar bajo su tutela. Las cosas salieron bien y me pude ir con mi padre a Sevilla aunque me costó despedirme de aquella familia que de no conocerla de nada en un año, ya era un hijo más. Después de un largo viaje de 13 horas en tren llegué a aquel pueblo de Sevilla, llamado Lebrija, qué vistas, exclamé, qué casas más pequeñas y todas blancas.

Qué de campo y sierra! Y qué de calor!, eso y la gran relación que tienen las tierras andaluzas con la cultura árabe me recordaba mucho a mi país, pues casi soplaba la misma brisa y hacia la misma calor.

Mi experiencia en Sevilla fue muy diferente a la vivida en Tarragona, puesto que vivía ya con mi familia biológica, pues en aquellos primeros años de crisis y siendo una familia inmigrante no había mucho que dar ni ofrecer. La cosa estaba muy mala como dicen los andaluces, pero bueno ahí estaba yo por muy mal que fueran las cosas, siempre me reconfortaba pensar que cuántos de mis amigos de los campamentos de refugiados les gustaría estar en mi lugar en ese momento y eso, en cierto modo me hacia ver el lado positivo de la vida.

A pesar de los pros y los contras que tuve durante ese largo tiempo que estuve en España, aun estando sin papeles, ya que el sistema político de España en cuanto a ayuda a inmigrantes es pésimo, ya sea en ayudas sociales, económicas o simplemente en la facilitación de los papeles, siempre tuve la mente clara y positiva, aunque tenía en mi corazón una espina que me quitaba el sueño todas las noches y me daba de pensar durante horas y horas, aunque tenía que madrugar al día siguiente para ir al instituto, pues eso era porque echaba de menos a mi madre, mis hermanas, mi abuela, bueno, en realidad a todos mis familiares y mis amigos, también echaba de menos las dunas, las jaimas, ese ambiente de tranquilidad que se siente cuando uno está entre los suyos, incluso echaba de menos ir a alimentar las cabras y ovejas, algo que odiaba cuando era más pequeño, generalmente, echaba de menos todo lo relacionado con mis queridos campamentos.

El verano de 2016 por fin me concedieron el DNI español , para mi no significaba ese papel que le das al Guardia Civil cuando te pide documentación o para sacar el carnet de la biblioteca, para mi era el pase hacia el recuerdo de toda mi infancia, hacia todo lo que dejé atrás, sean personas o actos monótonos o simplemente bienes materiales.

Estuve desde septiembre 2016 hasta febrero de este año trabajando en un restaurante en la capital Hispalense, con el fin de ahorrar algo de dinero para mi soñado viaje y por supuesto para llevárselo a mi familia que tanto necesita, pues si te llevas tantos años lejos del hogar y vienes de Europa no es debido llegar con las manos vacías.

Llegó febrero, se acabó la temporada de invierno por la cual estaba yo contratado como extra en dicho restaurante, así que me puse a preparar el viaje, compré todo lo que se me ocurría que le serviría a mi casa de aquí, caramelos y dulces para los niños y medicamentos para los más ancianos, el día 25 me dirigí hacia el Puerto de Valencia, embarqué esa noche, el viaje duró 14 horas hasta la ciudad argelina de Mostaganem, llegué la mañana del día 27 y estuve un día entero porque ese mismo día no había avión para Tinduf, por lo que el 28, a las 10 de la noche, cogí el avión rumbo a Tinduf y en 2 horas aterricé en dicha ciudad.

Vinieron a recogerme mi madre con mis hermanas, mi primera impresión fue notar lo cambiadas que estaban todas, qué grandes dios mio! exclamé nada más verlas.

Fuimos a Auserd, dormí aquella noche por fin en la única casa que consideré mía, aunque estaba nervioso para que llegue el día el mencionado día, al fin pude dormir y vaya si dormí bien, como un niño, no sé si era por el cansancio o por la inmensa felicidad.

Amaneció y nada más abrir los ojos, me invadió una sonrisa de oreja a oreja , una sensación inexplicable en el corazón, ver mi familia que seguía durmiendo, mis hermanas que estaban hechas mujeres, las más grandes con sus niños, eso para mi fue la mejor sensación que he tenido en mi vida hasta el momento. Me lavé la cara y salí, me dirigí a una duna que siempre recordé se situaba al lado de mi casa y me subí a lo más alto para observar mi pueblo, Tichla, qué cambiado está todo, ya instalaron luz corriente y carreteras de cemento.


- Mohamed Buzaid.