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La naturaleza cambiante del sistema político argelino

general Tawfik
Argelia viene registrando desde el año 2011 una serie de importantes cambios políticos a pesar de su reputación de ser uno de los países más inmovilistas en una región marcada por la inestabilidad y la agitación. Tal evolución en la naturaleza del régimen de Argelia ha brillado prácticamente por su ausencia en los medios internacionales, aunque a nivel interno las autoridades han sido capaces de crear una narrativa centrada en la idea de una transición desde un sistema de inspiración militar a un régimen civil. Según esta potente narrativa (tanto más poderosa debido a la ausencia de una contranarrativa eficaz), el presidente Abdelaziz Bouteflika es el audaz arquitecto de esta reforma: su ascenso a la presidencia ha marcado el fin del dominio militar sobre la política, lo que equivale a un hito en la historia argelina.
Sin embargo, una mirada más de cerca revela una situación mucho más complicada y mucho menos clara de lo afirmado. La aparición de una clase empresarial, cada vez más influyente y proactiva, ha coincidido con una amplia reestructuración del ejército bajo la presidencia de Bouteflika en virtud de dos factores: El primero es la salida gradual de la guerra civil y del estado de excepción de la década de 1990, lo que ha reducido el espacio del ejército para las maniobras políticas. El segundo es el proceso de liberalización económica (solapado con el superciclo de las materias primas), que ha impulsado la actividad del sector privado, si bien en posición de dependencia respecto a los poderes políticos. Sin embargo, esta evolución no ha llevado a la construcción de un régimen civil, como afirman las autoridades, sino a un acuerdo más complejo que continúa centrándose alrededor del ejército como principal garante de la estabilidad. Este cambio gradual en la naturaleza del sistema político argelino se inició con el ascenso de Bouteflika a la presidencia.

La presidencia Bouteflika: Alianzas tácticas para “un tres cuartos de presidente”

Cuando Bouteflika fue elegido por primera vez en 1999, la mayor parte de los observadores esperaban que siguiera las huellas de su predecesor, Liamine Zeroual. Zeroual fue un dirigente que intentó sin éxito enfrentarse a un ejército poderoso, ejército que no tenía intención de dirigir el país directamente pero tampoco voluntad alguna de ceder las riendas del poder a una autoridad civil. Esta tutela hizo que Zeroual dimitiera en un acto de frustración frente a los oficiales del ejército que estaban dificultando sus margenes de maniobra. En un contexto tal, no había muchas esperanzas de que Bouteflika fuera capaz de liberarse de todas esas restricciones.
Pero es en ese contexto en el que Bouteflija pronunció una frase que iba a marcar su presidencia: “Je ne serais pas un trois-quarts de président” (“No voy a ser un tres cuartos de presidente”), en clara afirmación de que no iba a tolerar los límites que el ejército impunía a su poder. En efecto, desde el principio maniobró de forma incansable para explotar las divisiones dentro de la elite del ejército, alcanzando alianzas tácticas con algunos de los oficiales a fin de marginar a sus adversarios e incrementar su libertad de acción. Esta táctica se pudo apreciar claramente en 2004, cuando el general Mohamed Lamari y el general Jalid Nisar (que eran ambos jefes del estado mayor del ejército en diferentes lugares) decidieron oponerse a su reelección apoyando al hombre que se convertiría en su principal antagonista político en los diez años siguientes: Ali Benflis. Contra todo pronostco, Bouteflika consiguió obtener el apoyo del resto de décideursaislando eficazmente a los poderosos Lamari y Nisar y consiguiendo de esta forma salir triunfantemente elegido para un segundo mandato.
La alianza táctica con el jefe de la inteligencia militar (Département du Renseignement et de la Sécurité, DRS), el general Mohamed Mediène, marcó el comienzo de la segunda fase de la presidencia de Bouteflika. En esta fase, Mediène se convirtió en el único superviviente de la vieja guardia que había dirigido el país durante la guerra civil de la década de los noventa y, debido al extremo secretismo que le rodea, esto supuso que muchos argelinos y observadores externos empezaran a considerarle como el poder real en el país “rab al djasair” (“el dios de Argelia”). El acuerdo entre estos dos polos de poder significa que los “pouvoirologists” (término utilizado para referir el amplio espectro de analistas y expertos que tratan de encontrar sentido a los rumores y maniobras dentro de la elite que toma las decisiones en Argelia) elaboraron un nuevo marco para interpretar la naturaleza del régimen argelino. Desde un sistema dominado por el ejército a un sistema bipolar, donde el DRS y la presidencia compartían el ejercicio del poder.
No obstante, no se trataba de un sistema de poder donde sus dos polos tuvieran el mismo peso, según los pouvoirologists. Muchos observadores estaban de acuerdo en que el general Mediène era más poderoso que Bouteflika y que, finalmente, era el DRS quien cortaba el bacalao en el régimen argelino. Además, debido a la naturaleza táctica de esta alianza, los pouvoirologists pensaban que en algún momento el general Mediène chocaría con Bouteflika y su creciente clan de asociados y clientes, imponiendo con el tiempo un nuevo presidente.
Sin embargo, cuando Bouteflika le forzó la mano para cambiar la constitución y eliminar el límite de los dos mandatos a la presidencia, el general Mediène obedeció. El tercer mandato en el poder fue el principio del fin de esta alianza táctica, introduciendo de forma gradual la tercera fase de la presidencia de Bouteflika: una guerra prolongada entre bambalinas de los dos clanes que, finalmente, llevó a la marginación del general Mediène y a la “boumedienización” [1] del régimen. Para ser precisos, la alianza empezó a desmoronarse en 2010/2011, cuando el DRS utilizó una serie de escándalos de corrupción para reconquistar el control sobre el sector de los hidrocarbonos y marginar a algunos de los elementos pro-Bouteflika. Qué fue lo que facilitó esta maniobra sigue sin estar claro hasta la fecha, hay quien habla de la voluntad del DRS de echarle mano a la gallina de los huevos de oro del régimen. Por el contrario, otros señalan a la oposición del general Mediène a la idea de que el hermano del presidente, Said, pudiera suceder a Bouteflika.
En cualquier caso, la ofensiva de 2010/2011 contra el clan Bouteflika fue el primer episodio de una larga serie de acontecimientos que culminaron en 2014 con una importante contraofensiva orquestada por el clan presidencial. Una serie de ataques públicos sin precedentes contra el general Mediène sentaron las bases para una importante reestructuración de poderes, así como del DRS que Bouteflika y el general Ahmed Gaid Salah, jefe de gabinete y viceministro de defensa, habían puesto en marcha para marginar a la inteligencia militar y su rumoreada oposición a que el presidente se presente a un cuarto mandato. Esta maniobra cogió a todos por sorpresa, dejando a los pouvoirologists sin poder explicar lo que estaba sucediendo.

Controlando el DRS

El movimiento clave que parece haber reducido la influencia del general Mediène fue la gran remodelación que rediseñó las responsabilidades y estructura del DRS. Aunque la cautela es en este tema importante debido a la opacidad del régimen, parece evidente que una serie de decisiones han ido debilitando la capacidad de la inteligencia militar para influir en la política y en las políticas del régimen. De hecho, en noviembre de 2014, el general Mediène era aún el jefe del DRS, sin embargo, la mayor parte de sus más  estrechos colaboradores han ido siendo apartados desde esa fecha y su aislamiento político resulta notable con sólo mirar la nueva estructura del DRS.
· La Dirección Central de Seguridad Militar (DCSA), que está a cargo de la seguridad del personal y las instalaciones militares. La DCSA no forma parte ya del DRS e informa directamente al general Ahmed Said Galah;
· La Dirección de Seguridad Interior (DCE/DSI), que se ocupa de la seguridad interior, temas de terrorismo, etc. Es en esencia el departamento más importante dentro del DRS. En él, el general Bashir Tartag (uno de los más estrechos asociados del general Mediène) fue sustituido por el más manejable Abdelhamid Bendaoud, que fue despedido en julio de 2015 (en el momento de escribir este artículo no se conoce aún el nombre de su sustituto);
· La Dirección de Documentación y Seguridad Exterior (DDSE), que se ocupa de las amenazas a la seguridad en el exterior. Asimismo, aquí, el general Mohamed Bouzit sustituyó al general Rachid Lallali, partidario de Mediène;
· El Centro de Comunicación y Difusión (CCD), que solía ocuparse de vetar/controlar a los medios argelinos. Sin embargo, se suprimió a finales de 2013;
· El Servicio de Seguridad Presidencial (SSP), que se ocupa de la seguridad del presidente. Este servicio ya no forma parte del DRS y ahora informa directamente al general Ahmed Said Galah;
· Y, finalmente, el Servicio de la Policia Judicial (SCPJ), encargado de hacer frente a los casos de corrupción. Ahora informa directamente también al ministerio de defensa.
Esta serie de cambios fue el resultado de la astuta estrategia del presidente, que en diciembre de 2013 creó la “Comisión Especial de Seguridad”, nombrando como jefe de la misma al general Ahmed Gaid Salah. Oficialmente, es un órgano encargado de la gestión de las carreras y el retiro de los oficiales de más alto rango del ejército. Por esta razón, la comisión está llena de oficiales leales a Bouteflika o poco proclives al general Mediène, quien también se sienta en este comité. Efectivamente, la comisión ha funcionado como arma presidencial para neutralizar al general Mediène sustituyendo a sus asociados con oficiales de más confianza, gracias al consentimiento del liderazgo del ejército.
Sin embargo, en los meses siguientes, otras decisiones parecen haber hecho de contrapeso de esas medidas, o al menos han empoderado parcialmente a determinadas partes del DRS (pero no necesariamente al general Mediène). En junio de 2014, un decreto presidencial cambió la anterior decisión respecto al SCPJ y lo asignó de nuevo al DRS, aunque bajo una serie de claras condiciones que incluyen la supervisión de un fiscal público. Sin embargo, probablemente lo más importante y sorprendente fue el nombramiento de Bashir Tartag para el puesto de asesor del presidente en materia de defensa en septiembre de 2014. Tartar ha sido siempre conocido por estar muy cerca del general Mediène y, tras su retirada del DCE/DSI, se pensó que iba camino del retiro. Aunque este nombramiento sigue siendo muy difícil de explicar, muchos periódicos han señalado que los recientes desacuerdos con el general Mediène , explotados por el clan presidencial, han ensanchado la brecha existente entre los dos tras esa medida.

La nueva configuración del régimen argelino

Las intensas maniobras alrededor del ejército, y específicamente del DRS, han allanado el camino para una nueva configuración del régimen argelino. El sistema bipolar que dominó la política argelina durante varios años está dando paso ahora a un tipo de acuerdo del que no se tienen precedentes y en el que la facción presidencial, una sección de la clase empresarial y la cúpula del ejército están verdaderamente interesadas.
Inevitablemente, cada intento de describir el funcionamiento del régimen argelino está obligado a basarse en rumores, claves, conversaciones privadas y conjeturas periodísticas. Esto se debe a que cualquier fuente de primera mano es, en el mejor de los escenarios posibles, parcial e inverificable; y, en el peor, un intento por confundir la verdad y asegurarse de que la auténtica naturaleza del régimen siga siendo confusa. Como consecuencia, la descripción que se hace a continuación es un esbozo a partir de las informaciones de la prensa local y conversaciones privadas mantenidas en Argel en mayo de 2014 y está abierta a desafíos y contradicciones:
El clan presidencial
La facción que rodea al presidente Abdelaziz Bouteflika se compone de varios hombres y mujeres cuyas carreras políticas dependen casi por completo de él. El personaje más famoso e influyente es sin duda Said Bouteflika, hermano del presidente y éminence grise. Muchas cosas se han dicho de él, desde su papel clave detrás del “trono” hasta sus vínculos con el sector empresarial y sus supuestas aspiraciones a suceder a su hermano. En cualquier caso, Said Bouteflika destaca como la figura más poderosa y temida del círculo del presidente y persona clave a la hora de tomar decisiones.
Junto a Said Bouteflika, otros miembros importantes de la facción presidencial ocupan una serie de puestos fundamentales en el régimen garantizando la estabilidad del poder de su hermano. Junto al primer ministro Abdelmalek Sellal, el ministro del interior Rayeb Belaiz, el ministro de justicia Tayeb Louh, el presidente del Tribunal Constitutional Mourad Medelci, y el portavoz de la Cámara Alta Abdelkader Bensalah, todos juegan papeles fundamentales para mantener el statu quo y proteger a Bouteflika de potenciales desafíos a su gobierno, manteniendo tanto un estricto control sobre el proceso electoral (evitando así posibles sorpresas) como asegurando que se repela cualquier intento de deponer al presidente en base al artículo 88 de la constitución. En efecto, todos ellos representan la guardia pretoriana de Bouteflika.
Finalmente, el clan presidencial incluye a una serie de políticos menos destacados, como la ministra de comercio Amara Benyounes y el ministro de transportes Amar Ghoul. El hecho de que Benyounes fuera miembro del laico Rassemblement pour la cultura et la démocratie (RCD) y que Ghoul fuera parte del moderado movimiento islamista Mouvement de la societé pour la Paix (MSP)ilustra bien la capacidad del régimen para presentar una fachada pluralista, aunque jueguen un papel secundario en el equilibrio de poderes del régimen. De hecho, tanto Benyounes como Ghoul tienen un peso importante en la prensa argelina gracias a su inquebrantable lealtad y decidida defensa de Bouteflika.
Los empresarios
Bajo Bouteflika, y gracias a sus vínculos con el clan presidencial, ha logrado prosperar un creciente número de empresarios, expandiendo sus actividades así como su influencia en el proceso de toma de decisiones. Entre otros resultados, la “economía de bazar” de la década de 1990 y las privatizaciones “impuestas” por el Fondo Monetario Internacional (FMI) produjeron una nueva clase empresarial que inicialmente logró hacerse un hueco entre el sector informal de las importaciones controladas por el ejército y la reintegración de los islamistas del antiguo Frente Islámico de Salvación (FIS) a la economía rentista. Durante los años de Bouteflika, esta clase empresarial se ha ido incorporando  gradualmente a los círculos rentistas vinculados al régimen. Estas gentes se han beneficiado de la expansión económica registrada bajo el actual presidente gracias al fin de la guerra civil y al nuevo ciclo de crecientes ingresos provenientes del gas y del petróleo, así como de sus conexiones con quienes toman las decisiones políticas, especialmente en el proceso de privatización y contratación. A su vez, el clan Bouteflika ha explotado esta dependencia para financiar sus actividades en lo que se ha convertido en una relación de interés mutuo [2]. Un opositor argelino ha descrito su creciente influencia en el proceso de toma de decisiones como la “captura del Estado” por parte de la clase empresarial [3].
No obstante, no puede considerarse que todos los empresarios argelinos sean partidarios de Bouteflika, es necesario que hagamos aquí una distinción entre los empresarios partidarios y no partidarios del presidente. O, como con frecuencia sucede, entre los empresarios pro-Bouteflika y los empresarios neutrales que no albergan muchas simpatías por el clan presidencial pero que se quedarán relativamente quietos para evitar cualquier conflicto. Algunos de los más destacados hombres de negocios no simpatizan necesariamente con Bouteflika, especialmente Issad Rebrad y Salim Othmani, quien abandonó el Forum des chefs d’entreprises (FCE, la asociación de los empresarios de la industria) en protesta por su alineamiento favorable a Bouteflika.
Sin embargo, el principal empresario tras el clan Bouteflika es sin duda alguna Ali Haddad, el director del grupo ETRHB. Se ha venido en gran medida beneficiando durante años por su relación con Said Bouteflika y se aseguró de que el FCE subiera a bordo junto al presidente durante la campaña electoral, además de contribuir de forma importante a los costes de la misma. Su creciente influencia se ha hecho recientemente sentir en dos episodios. El primero, en agosto de 2014, se rumoreó que el despido del director ejecutivo de Sonatrach, Abdelhamid Zerguine, fue consecuencia de sus presiones e influencias con Said Bouteflika. Haddad quería tener un director ejecutivo más flexible y amigable cuando empezó a intentar expandirse con su grupo en el sector de los hidrocarbonos. El segundo, en noviembre de 2014, Haddad se convirtió en el nuevo presidente del FCE al final de unas elecciones sin competidores. Su designación marcó la consagración final de la nueva clase empresarial y su poder dentro del régimen, mientras los miembros del FCE confiaban en que Haddad podría reforzar la relación entre los empresarios de la industria y el gobierno.
Otros empresarios importantes con influencia dentro del Frente de Liberación Nacional (FLN) y que también se han beneficiado de su relación con Bouteflika son Tliba Bahaedine, un joven empresario de Annaba; Cherif OUld El Hocine, expresidente de la Cámara Nacional de Agricultura; Mohamed Djemai, socio de Essalam Electronics; y otros empresarios locales como Ahmed Djellat, de la ciudad de Blida; Ali Hamel, de la ciudad de Adrar; y Dilmi Abdelatif, de la ciudad de M’sila. Según se cuenta, estos hombres de negocios son importantes porque han formado parte del grupo de emergencia que, junto con Said Bouteflika y otros miembros del clan se encargaron de la estrategia y decisiones clave cuando Abdelaziz Bouteflika fue ingresado en el hospital el pasado año. Además, también son partidarios de Bouteflika Reda Hamiani y Mohamed Bairi y han dirigido el FCE de forma que apoyara al presidente durante la última campaña. Estas son las personas que integran un círculo restringido de influyentes empresarios cercanos a la facción Bouteflika.
El general Ahmed Gaid Salah y el ejército
Es difícil describir con precisión el papel del ejército dentro del régimen argelino, los militares han conseguido mantenerse alejados, por tradición, de la mirada de los medios de comunicación. Cualquier intento de aportar una descripción detallada de los oficiales de alto rango del ejército y su forma de pensar se ha ido complicando cada vez más a lo largo de los últimos diez años, ya que esta institución se ha convertido efectivamente en  el campo de batalla de los repetidos enfrentamientos entre Bouteflika y facciones del ejército.
Al librarse de los generales que no simpatizaban con él y nombrar oficiales más leales, el presidente ha conseguido marginar a sus enemigos y neutralizar al ejército. Este pareció ser también el caso en septiembre de 2014, cuando Bouteflika despidió a uno de los últimos janviéristes  que quedaban en el poder, el general Mohamed Touati, a una serie de asesores y generales, incluidos el general Rachid Zouine, Youcef Medkour, Abdelkader Aouali, Abdelkader Benzekhroufa y Said Ziad, a la vez que nombraba a dos nuevos generales: Noureddine Haddad y Khalifa Ghaouar, responsables respectivamente de la primera y quinta regiones militares.
En este contexto, el general Ahmed Gaid Salah juega un papel fundamental garantizando la lealtad del ejército durante una delicada fase de transición. Se dice que su relación con Bouteflika es sólida, aunque han aparecido informaciones sobre la existencia de determinados problemas entre los dos. Por debajo del general Gaid Salah está apareciendo gradualmente una nueva generación de oficiales considerados más profesionales y menos proclives a interferir políticamente que sus predecesores [4]. En particular, la oleada de promociones dentro del DRS durante los últimos años ha cambiado la naturaleza de esta institución reduciendo su capacidad de maniobra.

¿Qué es lo que ha producido este cambio?

Junto a la obsesión periodística con el funcionamiento interno del sistema político argelino y los conflictos personales entre Bouteflika y el general Mediène, la evolución del régimen que acabo de describir puede también explicarse por el cambiante equilibrio de poderes entre el sector privado y el establishment político-militar del país. La gradual marginación de los oficiales del ejército y finalmente del DRS del general Mediène, así como el ascenso del general Said Galah y los empresarios, no son sólo la consecuencia de las astutas maniobras de Bouteflika. Son también el resultado de dos importantes acontecimientos políticos y económicos que han configurado Argelia en los últimos quince años.
El fin de la guerra civil entre finales de la década de 1990 y los primeros años del 2000 facilitó una nueva fase en la política argelina. La toma de decisiones de emergencia ha dado paso un ambiente político menos agitado e inestable, en el que poco a poco se ha ido desvaneciendo la defensa de las medidas especiales de seguridad. Al mismo tiempo, han desaparecido las razones que justificaban el total apoderamiento por parte del ejército de la política del día a día. Bajo las presiones de su electorado interno e internacional, los generales han aceptado la idea de ceder poder a un presidente civil que pueda restaurar la deteriorada posición internacional del país. Esta situación ha implicado también que Bouteflika fuera ganando lentamente espacio para maniobrar a expensas del ejército, sobre todo con sus iniciativas para la reconciliación nacional. En especial, el fin de este estado de excepción ha marcado el relativo declive de dos categorías militares específicas: los viejos generales, denominados “janviéristes” (los oficiales responsables del golpe de enero de 1992), con su inclinación a inmiscuirse en la política; y la inteligencia militar, cuyo poder para interferir en los asuntos políticos nacionales estaba reñido con el nuevo clima posterior a la guerra. Por otra parte, el profesionalizado y purgado ejército dirigido por el general Gaid Salah se ha convertido en un socio en el que Bouteflika puede confiar más, cediendo así paso a su gradual ascenso al poder.
Mientras tanto, el fin de la guerra civil se ha solapado parcialmente con el superciclo de las materias primas que ha impulsado los ingresos argelinos obtenidos del petróleo, fortaleciendo considerablemente las cuentas fiscales y externas del país. Especialmente el boom de las materias primas ha permitido a sus autoridades reciclar cantidades de dinero sin precedentes en la economía, impulsando la actividad del sector privado. 
Además, las medidas de ajustes estructurales adoptadas en la década de 1990 bajo las presiones del FMI y la gradual apertura del comercio y la inversión, gracias a una relación cada vez más estrecha con la Unión Europea, han creado un campo abierto a los actores del sector privado en lo que en otro tiempo fue una economía quasi socialista. Este boom ha afectado principalmente a dos categorías: importadores y constructores, que se han beneficiado del aumento de la demanda interna y de los contratos del gobierno. No resulta sorprendente que la nueva clase empresarial argelina dependa del patronazgo del gobierno y esté estrechamente conectada con el régimen; esto ha creado un contexto en el que el gobierno ayuda a los empresarios más manejables, que devuelven el favor financiando a sus políticos preferidos en el poder. Inevitablemente, este acuerdo entre el poder político y la clase empresarial ha hecho que esta última haya empezado a jugar un papel cada vez más influyente en los procesos de toma de decisiones.
Conclusiones: La ilusión de un régimen civil
El cambiante equilibrio del poder entre los clanes del régimen, ¿significa que un régimen civil está finalmente apareciendo en Argelia, como los voceros de Bouteflika vienen proclamando? Tras décadas de injerencia militar en la política, el clan presidencial se ha dado prisa en afirmar que la reciente reestructuración dentro del DRS marca el fin de tal contexto y el nacimiento de un régimen civil, una narrativa que muchos vienen repitiendo dentro y fuera de Argelia. Despojado de muchos de sus poderes, el DRS ha perdido influencia, llevando al gobierno a afirmar que la decadencia de esta institución es el fin de la injerencia del ejército en la política.
Sin embargo, el cuadro es mucho más complejo que el pintado por el clan presidencial. El tan rumoreado declive de los janviéristes y del general Mediène, junto con la aparición de una nueva clase empresarial, es sólo la mitad de la historia. Aunque no se puede negar que los actores “civiles” juegan un papel más influyente que hace veinte años y que los generales han perdido su dominio sobre el proceso de toma de decisiones, la verdad es que el ejército sigue siendo un accionista clave en el actual sistema político. Que Bouteflika haya conseguido marginar al general Mediène se debe a la aquiescencia del general Gaid Salah, específicamente a través de la Comisión Especial de Seguridad. Sin el apoyo del ejército en esta decisión, probablemente Bouteflika nunca hubiera intentado marginar al general Mediène.
En este contexto, aunque el ejército ha perdido el dominio sobre la política que tenía en los noventa, sigue siendo un pilar de la estabilidad del régimen. La continuidad entre los años de Ben Bella y Boumedienne y la reciente evolución del régimen argelino bajo Bouteflika no deben interpretarse de forma equivocada: el ejército es aún la columna vertebral del sistema y, a pesar de la aparición de nuevas facciones y competidores por el poder, estos retos son poca cosa para el ejército. La diferencia radica en la habilidad del clan de Bouteflika para maniobrar alrededor del ejército reforzando su propio poder, y en el duro legado de la década de 1990, que dificulta en gran medida la intervención directa del ejército en la política dado el adverso entorno interno e internacional (excepto que circunstancias excepcionales políticas o de seguridad le permitan justificar de nuevo una medida extrema).
Como consecuencia, la sociedad civil argelina sigue estando demasiado fragmentada debido a décadas de represión, violencia y distribución de la renta a través de redes de patronazgo que dificultan hacer frente al ejército. Esto se demuestra en la oportunista relación de la nueva clase empresarial con quienes toman las decisiones políticas y, lo más importante, porque la oposición sigue continuamente apelando al ejército para que intervenga y propicie una transición como la de Egipto, en una desesperada medida que muestra cruelmente el desconcierto de estos partidos políticos. El mero hecho de que tanto el régimen como la oposición confien en el ejército para sus planes muestra claramente cómo la afirmación de que Argelia es ya un régimen civil es sólo una ilusión.
 El ejército sigue teniendo la sartén por el mango: su alianza táctica con la facción de Bouteflika no significa que sus intereses se vayan a alinear siempre con el clan presidencial; además, aún conserva su autonomía respecto a los otros clanes del régimen. Esto significa efectivamente que, aunque el ejército aparezca ahora al fondo, conserva su capacidad para intervenir de nuevo y afectar a las decisiones políticas si así lo considera necesario.
La narrativa del nuevo régimen “civil” es por tanto una ilusión alimentada por el clan presidencial para conseguir simpatías y apoyo hacia unas maniobras destinadas a marginar al adversario político, nada más que eso. Mientras el ejército continúe jugando un papel abrumador en la política debido a la ausencia de un contrapoder o un sistema de frenos y contrapesos que lo controlen, no habrá régimen civil en Argelia.
FUENTE : REBELION AL CS